Ikigai: la razón por la que vale la pena abrir los ojos
Conocí la palabra ikigai mientras trabajaba a tiempo completo en PXS, y no la andaba buscando: llegó en una época en la que mi rutina funcionaba bien por fuera y hacía ruido por dentro, con un puesto estable, un salario puntual y proyectos que resolvía con oficio. Nada estaba mal, y aun así había mañanas en las que apagaba la alarma y me preguntaba qué cosa me esperaba ese día que solo yo pudiera hacer.
Ikigai (生き甲斐) se traduce con torpeza, porque “razón de ser” queda demasiado grande y “propósito de vida” suena a conferencia motivacional de aeropuerto. En japonés la palabra es mucho más doméstica que eso: el ikigai es aquello que hace que valga la pena levantarse, y no se refiere a la misión de una vida entera sino al motivo concreto de este martes, como una taza de café antes de que amanezca, un problema que quedó abierto anoche y hoy quiero cerrar, o alguien que va a recibir algo mío.
Esa fue la primera cosa que me desarmó: yo estaba buscando una gran respuesta y la palabra me ofrecía muchas respuestas pequeñas.
El diagrama de los cuatro círculos no es el ikigai
Casi todos hemos visto la infografía de los cuatro círculos que se cruzan, lo que amas, en lo que eres bueno, lo que el mundo necesita y por lo que te pueden pagar, con el ikigai en el centro. Es una imagen genial, adaptada a nuestro contexto, pero es una adaptación occidental que se le acuñó al término con los años.
En Japón el ikigai no exige que tu propósito pague la renta, y Ken Mogi lo explica bien en El pequeño libro del ikigai: hay personas cuyo ikigai es cuidar un jardín, o llegar a ser el mejor haciendo un solo tipo de sushi, sin que la palabra tenga que cargar con la carrera profesional completa. El ikigai no siempre es el trabajo, a veces es lo que sostiene a la persona que hace el trabajo.
Yo tardé en aceptarlo, porque en mi cabeza de ingeniero todo tenía que caber en un algoritmo.
Empezar pequeño
Mogi propone cinco pilares del ikigai, y el primero, empezar pequeño, es el que más me ha servido.
Cuando decidí emprender no hubo un salto épico, sino un despido masivo en mi último puesto de trabajo; emprender nació de forma inesperada pero con una pequeña decisión: no voy a buscar un empleo por el momento, trabajaré a mi ritmo y en lo que me gusta hacer; lo que me gusta hacer nació a través de los años anteriores, de la acumulación de decisiones diminutas que en su momento no parecían importantes pero definieron lo que soy.
La cultura japonesa tiene una palabra para esa acumulación, kaizen, que significa mejora continua: un cambio bueno, sostenido, aburrido y casi invisible, un uno por ciento hoy y otro mañana. No se siente como progreso mientras ocurre, solo se nota cuando uno voltea a ver dos años atrás y no reconoce la forma en que trabajaba.
La mejora continua no es una técnica, es un temperamento
Me dedico a la ciberseguridad, un oficio metódico y técnico hasta el cansancio, donde uno revisa sistemas ajenos, encuentra lo que está vulnerable, corrige y luego debo escribir informes que a nadie le gusta leer. Lo primero que enseña ese trabajo es que nada queda arreglado para siempre, porque lo que hoy está protegido mañana amanece con una nueva vulnerabilidad, así que la única defensa verdadera es revisar, corregir y volver a revisar, con la paciencia de quien ya sabe que la tarea nunca se cierra del todo.
Durante años apliqué esa disciplina a organizaciones ajenas antes de aplicármela a mí mismo, hasta que emprender me obligó, porque cuando uno es empleado puede sobrevivir un trimestre entero en piloto automático, pero cuando responde por una empresa, por un equipo y por un cliente que le confía información delicada, la mejora continua deja de ser una forma de trabajar y se convierte en la forma de mantenerse vivo.
Ahí encontré la conexión que no esperaba: el ikigai da la razón para levantarse y el kaizen da el método para que ese levantarse signifique algo distinto cada día. Uno sin el otro se rompe, porque propósito sin disciplina es emoción que dura tres semanas, y disciplina sin propósito es agotamiento a corto plazo.
Nadie tiene un ikigai a solas
Otro pilar que Mogi señala es la armonía, y no la plantea como cortesía sino como condición.
Él cita una investigación del MIT sobre inteligencia colectiva que llegó a una conclusión incómoda para muchos equipos técnicos: el rendimiento de un grupo se explica mejor por la sensibilidad social de sus miembros que por el talento individual de cada uno, de modo que la capacidad de leer al otro, de notar cuándo alguien no está de acuerdo aunque calle y de repartir el turno de palabra pesa más que mil maestrías, y eso es algo que creo firmemente.
De ahí sale lo que Mogi llama el triángulo dorado, ikigai, flujo y creatividad: cuando cada persona persigue aquello que le da sentido y lo hace en armonía con los demás en vez de a costa de ellos, las ideas circulan sin peaje y el equipo produce cosas que ninguno de sus integrantes habría producido por su cuenta.
Como emprendedor esto me costó, porque uno arranca creyendo que su empresa es su fuerza de voluntad multiplicada, y no lo es: mi ikigai solo se sostiene porque hay gente alrededor que también tiene el suyo.
Las cosas pequeñas
Si me preguntan cuáles son mis valores más profundos, la respuesta no incluye ninguna certificación.
Está la honestidad técnica, que en mi oficio significa decirle a un cliente lo que su sistema realmente tiene aunque el informe se ponga feo y la reunión se alargue; está la palabra cumplida, que es la única garantía que ofrece alguien que apenas empieza; y está la idea de dejar a las personas con menos miedo del que tenían al entrar, en vez de venderles el miedo. Creo que por eso la mayoría de mi equipo trabaja conmigo aunque aún no haya terminado la universidad (por el momento), porque vi talento en vez de un cartón.
Y si me preguntan por las cosas pequeñas que me dan felicidad, son estas:
- La hora y 40 minutos de clases de japonés que tengo a la semana.
- La nueva canción de mi grupo favorito.
- El agradecimiento de un cliente.
- Cuando alguien del equipo aprende algo nuevo.
- Cuando la panadería del barrio avisa por WhatsApp que hay pan recién horneado.
Ninguna de esas cosas aparece en un plan de negocios, y tal vez alguien lea esto y le dé algo, porque tal vez “así no se lleva una empresa”, pero es lo que me ha servido, y acá estamos, tres años después de ese despido masivo, sin perder de vista mi ikigai.
Despertar
El ikigai no me quitó el cansancio, porque emprender tiene madrugadas duras, meses flojos y noches en las que uno revisa números que no cuadran. Lo que cambió fue otra cosa: ya no le pido a un solo gran propósito que justifique todos mis días, le pido a cada día que traiga el suyo.
Hoy me levanto porque hay algo pequeño esperando, y mañana será otro; esa suma, sostenida durante años y mejorada un poco cada vez, terminó pareciéndose bastante a una vida con sentido.
Y a quien lee este blog de PXS, que tiene tantos años de estar al aire, ¿qué lo hizo levantarse hoy? Vale la pena responder esa pregunta, porque casi siempre la respuesta ya estaba ahí, esperando que alguien le pusiera nombre.
