LA MÚSICA EN EL SER HUMANO
Desde la prehistoria, se tiene noción del sonido como una señal de vida, una capacidad humana para comunicarse, transmitir un conocimiento o pensamiento. Era una actividad especial, exclusiva de rituales religiosos, de caza o guerra. Con el paso de los años, se comenzó a estimar de manera especial. En la antigua Grecia, Pitágoras emprendió un estudio de la música como parte fundamental de la ciencia, compuesta además por aritmética, geometría y astronomía. La música como una relación matemática de sonidos, una “medicina para el alma”, es de gran importancia para los pensadores pitagóricos.
El sonido, según el diccionario de la Real Academia Española, es “la sensación producida en el órgano del oído por el movimiento vibratorio de los cuerpos, transmitido por un medio elástico, como el aire”. El sonido posee cuatro cualidades esenciales, la altura o tono, intensidad, timbre y duración. La altura se refiere a la frecuencia de onda, y se conoce usualmente como los tonos graves y agudos. La intensidad, se refiere a la amplitud de onda, qué tan fuerte o suave es el sonido. El timbre se relaciona con la armonía de onda o su forma; una misma nota no suena igual en un piano, que en una guitarra, en una voz de hombre, que de mujer o niño. La duración es el tiempo durante el cual se mantiene el sonido.
Estas características se reflejan en la música, dando infinitas combinaciones de sonidos que satisfacen todos los gustos, para los cuales no se ha identificado un porqué más que la realidad que rodea a cada individuo. Más que esto, ¿qué causa la música en el ser humano? Experimentos han mostrado que la música puede alterar tasas metabólicas, niveles de energía, digestión y liberación de hormonas como las endorfinas. Un experimento inclusive mostró que escuchando la Sonata en Re Mayor para dos pianos de Mozart, algunos estudiantes mostraron mejores resultados en pruebas de razonamiento espacio-temporales. El doctor Francisco J. Rubia, catedrático de la Facultad de Medicina de La Universidad Complutense de Madrid, realiza una conferencia titulada “Música y Cerebro”, en la cual realiza un análisis de la relación entre estos 2 elementos.
Menciona que el cerebro está interesado en los contrastes musicales, más que en su frecuencia de tono y duración. Además, indica que el cerebro inhibe los sonidos constantes, gracias a la adaptación de los receptores y la habituación. Esta inhibición contribuye a que el cerebro pueda concentrarse en el sonido en el que está interesado, aunque hayan muchos en el medio. “El cerebro no se contenta con el análisis de los sonidos, sino que se preocupa más bien de la interpretación activa de estos sonidos”, indica Rubia.
El cerebro en su hemisferio derecho, analiza la relación armónica entre tonos simultáneos, refiriéndose más a aspectos melódicos; mientras que el hemisferio izquierdo, la relación entre secuencias de tonos, lo que percibe el ritmo. Según Rubia, melodía, ritmo y armonía forman la música, las cuales con variación de frecuencia y acento, provocan en el cerebro sensaciones únicas. Se ha comprobado que con el entrenamiento musical, el cerebro modifica la percepción del sonido del hemisferio derecho, al izquierdo. Indica al final de su artículo, que lo que la música despierta en el ser humano que la aprecia, las emociones y sentimientos, son porque son, independientemente de los estudios científicos que se realicen acerca de su relación con la actividad cerebral.
La licenciada en Música, María Victoria Casas, escribe un artículo titulado “¿por qué los niños deben aprender música?, En él, se enfoca en la inteligencia musical, propuesta por Howard Gardner en su teoría de las inteligencias múltiples. Esta consta de tres actividades: componer, interpretar y escuchar, de los cuales el músico, o estudiante puede tener alguno, o varios. Mediante la imitación, los niños inician su aprendizaje musical, lo que a su vez permite desarrollar la observación consciente, la capacidad de atención, la capacidad de concentración, la asimilación y comprensión, la retención y la capacidad de evocación. Y no termina aquí, Casas indica que la estimulación temprana en la actividad musical, junto con el sonido y el ritmo, desarrolla la motricidad, lenguaje, socialización, conciencia del espacio-tiempo y la autoestima, ya que la música está presente en muchas de las actividades cotidianas del hombre.
Tanto el trabajo individual, como el colectivo son de gran importancia. Desde evaluar su propia interpretación musical, hasta presentarse en grupos a un público ayuda a la realización del intérprete. Además, Casas introduce una estrecha relación entre la música y la parte emotiva del niño, el cual percibe la música como medio de expresión y comunicación, no solo desde la parte estética de esta, sino la lectura de la intención del compositor. La autora concluye mencionando que la música se puede utilizar como medio o fin para armonizar nuestras dimensiones, al tener estrecha relación con la vida misma.
A todo esto, cada quien tiene una relación especial con la música, ya sea escuchándola, o creándola. Es increíble la gama de posibilidades que esta brinda para la realización plena e íntegra del ser humano. Cada quien desarrolla una relación personal con la música, en cuanto a gustos, maneras de escucharla y vivirla, por lo que su estudio tiene mucho por recorrer aún. La mejor opción es permitir que se conecte con lo más hondo de nosotros y simplemente, disfrutar su compañía.
Sofía Garro
Estudiantes Ciencias Actuariales
Universidad de Costa Rica
